Hoy celebramos el 25 de
Diciembre o el día de navidad, la reunión familiar por excelencia, la mayoría
disfrutará de la excusa del nacimiento de Jesús para congregarse y poder
cumplir con el legado histórico y religioso. Otros, estaremos recluidos en
nuestras casas brindando con la soledad, y soltando alguna lágrima por nuestros
padres que se fueron. Finalmente, habrá muchísima gente en el desamparo, y que
ni siquiera sepa que el 24 por la noche la festividad se acerca. Me rompe el
corazón tener que hablar de la pobreza, y la mala repartición de nuestros
majaderos gobernantes que han hecho del tesoro público. Son ellos los que
merecen nuestro repudio. Humala prometió una cosa muy concreta, y no parece
estar haciéndola. También me llama la atención que le otorguen los medios -pobretones
intelectualmente- tanta atención a la esposa del Presidente, cuando hay cientos
de noticias que son mucho más importantes. Pero, dejando las pequeñeces a un
lado e ingresando a la grandeza de este gran día, es una muy buena ocasión para
parlotear sobre dos films que representen quizás las dos posturas más distantes
del cine navideño: It's a Wonderful Life del norteamericano Frank Capra en 1946,
y la española Plácido del maestro español Luis García Berlanga, 15 años después.
A lo largo de la historia del cine se han hecho diferentes versiones cuyas
premisas estuvieron ligadas a diferentes visiones de la Navidad; algunas, de
clara inclinación hacia la conmiseración, otras, con el inconfundible
ingrediente de lo triste, e incluso películas ambientadas dentro de lo farisaico,
según la conveniencia. Todas ellas acondicionadas a un contexto visual en el
que no faltan el árbol, las luces parpadeantes de colores, Papá Noel, las
guirnaldas, el nacimiento, los obsequios, todos aunados en un momento de
inusual ilusión. En otros países de idiosincrasias diferentes, los elementos
suelen cambiar, pero jamás la celebración junto a la familia. En este contexto,
este grupo de cosas o acciones son usadas para marcar la diversidad de las historias
que engloban los varios géneros
cinematográficos. It's a Wonderful Life o Qué
bello es vivir es una sublime película norteamericana que Capra hizo
posible basado en un cuento de Philip
van Doren. Es de esas películas que muchos en el mundo vuelven a observar en
estas fiestas simplemente para acompañar la travesía de un buen sujeto, filántropo
como pocos, llamado George Bailey. ¿¿Pero porque se produciría este fenómeno?? El
largometraje de Capra acumula en sus entrañas valores de humanidad y
espiritualidad imposibles de ser rechazados o de no conmover esa sensibilidad frenada
que todos llevamos dentro, en donde un cine de tipo fabular amalgama en una
misma masa el desprendimiento, la amistad, la camaradería y sobre todo el amor.
Capra aprovecha una crítica -el cuento de Bailey- hacia Roosevelt, y lo traduce
en una historia simplista que contiene una maravillosa ternura. Pero la inteligencia de Capra va más allá de
ese hecho puntual, y tras escenas hace notar su propia execración hacia por el entonces presidente de
los EEUU. Por otro lado, en la vereda del frente la extraordinaria dupla española
de Luis García Berlanga y Rafael Azcona imponen una trama donde el fariseísmo
es el mecanismo misericordioso que pone en tela de juicio la disparidad de la sociedad
en esos instantes. Berlanga se distancia completamente de lo que se nutre Capra,
y de lo apaciguador y pensante que demostraba su filmografía, para anteponer al
maestro que elude el sentimiento afectivo, para hacer –quizá su obra maestra-
brillar lo oscuro y fatalista. En este excepcional film no hay lugares para la
bondad, ni para sociabilizar, ni siquiera para esconder en un costado del alma el
amor o los buenos sentimientos como una oda a la compasión de la navidad.
Berlanga exhibe con maestría incomparable todo el embuste, el desamor y la
calumnia que aparece en una manifestación que se advierte como una arenga sobre
la inmoralidad de esta fecha. Berlanga advierte con una claridad impecable a
una autoritaria sociedad clasista, que se quería adueñar del momento bajo una campaña
promocional que se titulaba Siente un pobre a su mesa. Muchos se
preguntarán, pero, la maniobra publicitaria es buena, los que tienen podrán
compartir con los que no, un trozo de bizcocho con un vaso de chocolate. Es un
acto de caridad que la fecha justifica. En realidad, es verdad que los
componentes de la maniobra puedan que estén plagados de buenas intenciones,
pero es justamente aquí donde Berlanga y Azcona logran llegar a nuestros
corazones que dudan explicándonos que el ejercicio aparente de bondad en que
incurre la despótica sociedad es postizo o simulado, un
engañamuchachos, una tormenta envolvente de espejismos, un bluf que somete y humilla a Plácido, un pobre de
pueblo, al que utilizan y exprimen a través de un chantaje repugnante: le han concedido un motocarro para que lo paga
financiado, con el fin que se ponga la falaz campaña al hombro. En ambas películas está bien representada una
ambivalencia capciosa. Capra defendía sus ideas y participaba con la fuerza de sus
argumentos para que sus tesis políticas fueran comprendidas, y Berlanga sencillamente
hizo algo de una habilidad notable según la coyuntura, de pasar desapercibido con
una serie de deliciosos entremeses de un cine costumbrista en los que se -dependiendo
del espectador- podía apreciar con buenos ojos o no, un estilo crítico o adulón
de medir a la sociedad del momento. Ambos realizadores logran calar en el arquetipo
de obras afables, pero en el fondo sabemos que suponen la práctica del arte funambulesco
para que otros problemas que azotan a las sociedades, cada una en su tamaño y
dimensionalidad, pasen desapercibidos. En esa combinación de intereses donde se
enlazan las identidades de Plácido y de George Bailey, dos gestores
excepcionales de sus sociedades, dos hombres que acumulan los sentimientos
ajenos de bienestar. A
pesar de ello, el desenlace del film de Frank Capra se dibuja como una bella
utopía, mientras que el final en Plácido supone retornar a casa luego de una gran frustración
e intentar comer lo que se pueda. Capra sofistica su pueblo por el motivo
navideño. Berlanga tergiversa al suyo sin el motivo navideño. La
abismal distancia que delimita ambas formas de vivir la fiesta navideña radica
en el hecho que Capra absorbe la festividad como entorno de aprehensión y
expiación de los errores, Berlanga no la absorbe sino la demarca de lo
fantasioso que implica la conmemoración. Dos directores que expresan ideas
diferentes, pero de manera notable. Felices fiestas de fin de año para mis
queridos lectores.





























