Si este espacio de cine fuera
pernicioso, resistente a la observación poco sensata, sería asequible hacer un
comentario mezquino acerca de la ópera prima de la cineasta de color yankee Dee
Rees. Les propondría -sin hacer un esfuerzo racional- que su película Pariah se cuelga de la miseria y el
sufrimiento humano igualado al inventario de temáticas melodramáticas apiñadas
una encima de la otra, sin orden prestablecido e hilvanadas sin consistencia. Quizás,
una directora aprendiz que busca resumir sin mayor cualidad fílmica a un
Vittorio de Sica, pero sin sus rigurosos contextos donde el realismo mágico del
italiano exhibía prestancia y dominio. Podríamos definirlo también como un film
independiente, negado de elementales cuestionamientos que abarca el desarrollo
adolescente de una chica homosexual de color que está petardeada por
dificultades, además de una autoestima vulnerada por su propia familia y amigos.
Pero no es así, una grata sorpresa asoma a través de un pensamiento contrario al
facilismo de aquellos que bracean cómodos por el lado antagónico del dilema
sexual y social escabrosos, ya sea para la comprensión como para la acción donde
se sitúa el fenómeno. Hay muchas películas que exploran en los límites
promiscuos de la marginalidad de barrios desamparados, y que terminan por
resultar notables testimonios de cultura cinematográfica. Hay otras que son
planteadas con menor compostura, inyectadas de sutileza, y arrinconadas en el
subterfugio de lo tolerante, de la compasión de seres indefensos, gente del
montón. Y es ahí, donde la debutante Dee Rees lleva su propuesta compacta,
narrada con envidiable soltura. Pariah
logra envolvernos no solo por su calidad expresiva y su sencilla desfachatez,
sino porque da necesaria cuenta de madurez artística en sus diversos bosquejos
interiores a través de un guión bien escrito pero sustentado en un estilo de
filmación audaz, junto a una fotografía estupenda. La Rees logra un cómodo
manejo del oficio porque se presenta elocuente, reconciliado con el drama
expresivo que proyecta prolijamente. La habilidad artesanal que demuestra es
una simple anécdota si la comparamos con el despliegue moral que ilumina su film.
Para sobreponer argumentos tan manoseados como los involucrados en Pariah, se necesita algo más que una
cineasta alumbrada, un guionista inspirado y actores predispuestos. En los
niveles donde transita el cine independiente yankee, tenemos que pensar obligadamente
en auténticos portadores artísticos que puedan conjugar escrupulosamente
algunos cánones de sabiduría acerca de su día a día. Me refiero a esa sapiencia
con la que se puede sortear no solo la disyuntiva de la técnica, sino la
representación objetiva de una trama dolorida que corresponde a la paradoja de
una vida solitaria. La directora está a la altura de la circunstancia, y jamás
bajo los brazos de la flaqueza argumental. Quizás su película no sea asombrosa
dado que sus recursos no son abultados, pero sus imágenes describen emociones
de extrema agudeza que no se pueden explicar tan solo con los fundamentos de la
puesta en escena. Cuando la inopia se imanta con la carencia, y no se siente la
impotencia de la adversidad en pellejo propio, es imposible comprender la
presencia de esa sociedad desatinada y oscura que abofetea con una fuerza bruta
a la necesidad humana, que encumbra esa palabra repugnante llamada exclusión, y
que acrecienta las inmensas brechas educativas, sociales y económicas. El
mérito de Pariah está en la
estructura de su libreto afiatado, sin excesos, cuyo tirón emocional lo soporta
su protagonista, una muchacha afroamericana que aún no ha asimilado ni su edad
ni su sexualidad. En este drama simple -a la vez que complejo- de Dee Rees,
dicha adolescente llamada Alike -una esforzada interpretación de la joven Adepero
Oduye- tiene que definir si su atracción por otras mujeres forma parte de su
identidad o es simple compensación de ausencias familiares directas. Desde
luego, no se trata de una cinta para todos los públicos. Su intensidad y
radical intimismo fue premiado en el Festival de Sundance, una especie de ecosistema
donde prospera esta forma minoritaria de producir cine de culto. Pariah se
sitúa en un barrio marginal de Brooklyn, y la historia se acomoda entre Alike y
sus padres, Audrey -Kim Wayans, sosteniendo ser víctima de una circunstancia
aislada con temple- Arthur -un talentoso Charles Parnell- y la hermana menor
Sharonda. El perfil de Alike se nutre de sus bondades estudiantiles y cierta
inclinación poética. Su carácter vinculado a la melancolía y la delicadez, lo
comparte con su amiga -también lesbiana- Laura. Alike es nula sexualmente,
cuida con afán su virginidad, Laura es todo lo contrario. La libertad de
enfrentarse frontalmente a su condición limita a Alike y a Laura la potencia. La
primera se da a conocer sin prejuicios, la segunda prefiere preservar el
secreto con el que defiende su vulnerabilidad. Esto es doloroso para Alike
porque no le asegura una ligazón formal con Laura. Es bueno asimilar esta parte
de Pariah porque los procesos
normales de crecimiento de cada chica son dispares, casi discrepantes, aún en
un mismo segmento social. El entorno familiar lo forman un padre policía,
conservador en casa, liberal afuera, cargando una celosa amante en sus
espaldas, una madre acomplejada, mártir de su propia anorexia sexual y matrimonial,
y la hermana, que independiza sus cuestiones sin aliarse con las de Alike. El
conflicto típico de la adolescencia surge como planteamiento principal de la
Rees. Sabe imprimirle ritmo al relato, no lo endurece ni lo simplifica
demasiado. Este equilibrio del plot sostiene adecuadamente todo acontecimiento.
Al no existir baches narrativos, el pensamiento de cada personaje queda anclado
perfectamente donde se nota más, vale decir, en la culpa, el tropiezo y la
búsqueda de filiación, mientras los enlaces, y sobretodo los diálogos cortos
-sin intentar amplificar los problemas- le dan refinamiento al empaque visual.
Ese ritmo correcto, sin socavones queda instalado en un segundo plano cuando hábilmente
la Rees cambia de molde e introduce a una chica de color muy apetecible para
las necesidades románticas inconformes de Alike. Bina es su nombre, y va a
resultar clave para que su vida cambie de tono, conozca las fronteras del
placer y el fracaso. La aventura de Alike se va ganando, plano a plano, la
complicidad del que rebusca un cine sin aspavientos, pero con un mensaje
provisto de realismo. La Rees sabe explotar los clichés en torno a la adolescencia
y el lesbianismo, los hace ricos, no tan abundantes, y no resulta fácil
sustraerse a ellos. Para quienes saben algo de cinematografía, la Rees explora la
homosexualidad femenina como no le simpatiza al establishment hollywoodense -a quien
le gusta más el modelo varonil- y seguramente repudiará este interesante
trabajo que seguirá apostando por negar una realidad oculta tanto en las calles
como en el circuito cultural, que se acentúa cuando la protagonista es una
adolescente negra de Brooklyn. De los barrios negros y periféricos de los EEUU
no sólo debemos esperar delincuencia, raperos y múltiples drogas, un insolente estereotipo
del que es culpable la industria del entretenimiento. Ha tenido que ser una
directora novel la que denude desde adentro, a través de una cinta casi
autobiográfica, algunas realidades que permanecían, y seguirán durmiendo
ocultas. Puede ser que a algunos les choque ver a la típica negrita deslenguada
cortejando en una discoteca de ambiente a mujeres de idéntico perfil. Quizás desconcertará
comprobar cómo le sienta tan bien a Alike un desmesurado pene blanco de
plástico ligada a un arnés. Y, no dudo que sorprenderá menos los esfuerzos de
la madre por esconder los rubores del padre policía ante la pandilla de amigos.
Porque al final, blancos o negros, el miedo a la diferencia nos une a todos, y
ante determinadas realidades, el cine comercial, como la gran mayoría de
nosotros, prefiere mirar para un lado distante. Pequeñísima película de inmenso
valor. Imperdible.









































