































IN BRUGES - Martin McDonagh - 2007
En el cine hay acontecimientos fílmicos que nos suelen sorprender gratamente sin haberlos detectado y otros que se nos recomiendan y terminan por agotarnos a causa que son más de la misma cantaleta sugerida. He aprendido –y se los digo con sello de calidad incluido- en estos últimos 15 años a respetar el cine que desarrollan los ingleses, sea el género que te ofrezcan, porque no se van por las ramas de los árboles argumentales sino que van de frente a buscar lo que suponen como correcto, sea trasgresor o no de sus propios intereses. IN BRUGES es una bocanada de aire fresco, una verdadera novedad creativa, una esperada propuesta bastante oscura que ya había paseado y comprobado su eficacia en teatros y cortometrajes, como intentaremos explicar luego. Creo que contrariamente al pasado iracundo que viste la obra de su director Martín McDonagh, en IN BRUGES puedo llegar a detectar una realización que asume sin culpa y desfachatez sus elementales disfrutes cinematográficos y que además introduce una corriente de virtuosismo que agrada y le hace muy bien al estado de ánimo del espectador. Hablo de un goce compartido entre el triunvirato perfecto, el creador, el público y la industria. IN BRUGES logra seducir cinematográficamente, porque el aún joven director consigue que nos interesemos en los énfasis y en los detalles, en los encuadres y en los cortes, en el sarcasmo y en las confabulaciones, nos lleva cinematográficamente narcotizados para que busquemos hasta encontrar en el cómo y no tanto en el qué. Sin embargo, en todo lo demás, vale decir, en su feed back o retroalimentación, en su disciplina escénica y en su contracción erótica, IN BRUGES es un largometraje de claustro y recogimiento signado por el mandato imperativo que nace, se desarrolla y muere en esa conspiradora hegemonía constreñida de la inspiración cinematográfica.
Por un momento, cuando observaba la película, pensaba en Godard, en Truffaut y en esa banda de idealistas improvisados y provocadores de CAHIERS DU CINEMA, que juntos produjeron A ABOUT DE SOUFFLE, esa película esperanzadora a principios de los sesenta donde se echaron por tierra habitualidades, formalismos y linealidades pero que lograron hacer de lo imprevisibilidad del desenlace un aliado absolutamente incondicional. Luego, con el transcurso de los años, sería tan solo un grato recuerdo. También me vino a la mente la maravillosa PULP FICTION de Tarantino y el consabido estribillo del placer de hacer cine solo por hacerlo. Estas dos películas las comparo con IN BRUGES, no solo por el vital atrevimiento cinematográfico de Godard, Tarantino y ahora de Martín McDonagh, tampoco lo hago por lo que significa un acercamiento a la mezcla de géneros negros tragicómicos, sino porque tienen en común lo que resulta adictivo en un cinéfilo, el entretenimiento, el asombro, la repugnancia, el entusiasmo, el sobresalto, la carcajada, el escándalo y hasta la sonrisa cómplice. Obviamente IN BRUGES no es del todo perfecta, como no lo fue PULP FICTION. Si además de todo lo expresado, las imágenes emocionaran con un dramatismo desgarrador e hicieran funcionar las neuronas siquiera un poco para deshacer laberintos y entresijos, probablemente la experiencia sería inconmensurablemente excepcional. Pero no es así, es improbable, imposible pedir todo a la vez. IN BRUGES es solo una película negrísima cuya intencionalidad impuesta con rigor por el intrépido McDonagh es indiscutible, porque el realizador no es presuntuoso y en ningún momento da la sensación de querer mucho más que demostrar su propia técnica depurada que elabora con diálogos brillosos. McDonagh es consecuente con lo que plantea y logra, Una minucia que siempre resulta atractiva en un cine donde se abusa con frecuencia de convenciones habituales y las dosis innovadoras no suelen constituirse en precisas y encomiables.
Considero importante mencionar algunas características de su realizador y guionista. Martín McDonagh es un dramaturgo anglo-irlandés de 39 años, reconocido y asentido por sus puestas teatrales de desatinado salvajismo. Su obsesión siempre abarcó la representación genuina de una vertiente inmoderada del teatro vandálico concentrado en una bestialidad imparable donde dota al aspecto violento de una adictiva sensación de naturalidad que logra enamorar al espectador y que tuvo como precursor el sangriento género teatral del “grand guignol”. Este género, comenzó en Francia a finales del siglo diecinueve y aún se mantiene en actividad aunque ya sin la calidad intelectual que le atribuyeron algunos literatos. Se ha definido como un teatro de sentimientos y de situaciones extremas que utiliza el terror intenso en reemplazo del relato situacional e ideas novedosas. Agota a sus actores, complace a su público. McDonagh escribió y llevo a escena su ópera prima teatral titulada LA REINA DE BELLEZA DE LEENANE, a quien el público le rindió inusitado tributo. Es un texto duro, negrísimo, brumoso, sarcástico, iracundo y ácido. Una obra de una particular mezcla de emotiva dureza y deslumbrante ferocidad ambientada en Irlanda. Luego estrena EL TENIENTE DE INISHMORE que refiere la historia de un terrorista expulsado del IRA por su iracunda brutalidad y que se traslada a su pueblo a vengarse contra quienes han asesinado a su pequeño gato. Sin embargo, su obra de mayor repercusión hasta la fecha se titula EL HOMBRE ALMOHADA –que se trajo al Perú en abril del 2006 y se puso en escena bajo la dirección de Juan Carlos Fisher en el teatro La Plaza ISIL con gran éxito- y lleva a nuevos e inesperados extremos su concepción del teatro de la crueldad y la aberración. La obra trata de un escritor detenido por la policía en una dictadura debido a que sus relatos se relacionaban con asesinatos de niños y adolescentes. Desprovistos de pruebas irrevocables, sus interrogadores pretenden ejecutarlo extrajudicialmente. La puesta en escena sorprende por los atroces maltratos y asesinatos que son inflingidos en plena representación a niños y adolescentes. Posteriormente, en el año 2005 probó suerte en el cine con el cortometraje SIX SHOOTER -una comedia irlandesa de 185,000 euros, negrísima, rotunda y sangrienta de 27 minutos, con las notables actuaciones de Brendan Gleeson y Rúaidhrí Conroy como interpretes principales. Ganó nada menos que el Oscar por Live Action Short Film –mejor cortometraje- en el 2006. El corto trata sobre cuatro personas que se unen en un tren camino a Dublín con algo en común, todos sufren la perdida de un ser querido pero todos lo expresan de la misma forma. Donelly -Brendan Gleeson- lidia con el dolor de haber perdido su mujer la noche anterior de una forma tranquila. Una pareja que se ve totalmente desilusionada y la tensión se apoderan de ellos. Un muchacho -Rúaidhrí Conroy- al frente de Donelly, es el acompañante de viaje. La frescura del corto, como la de todas aquellas propuestas fastuosas, está en el comedido guión y en la presentación de diálogos rápidos y geniales que se imponen gracias a la genialidad de Martín McDonagh. Conroy se roba totalmente la presencia en pantalla y solo el cómico, trágico y tétrico final supera el WITTY TALK o la conversación ingeniosa de este increíble personaje. McDonagh logra destacar el sentimiento de pérdida en cuatro personalidades totalmente disímiles y construye un ambiente de suspenso digno del mejor Hitchcock. Pues bien, muchos críticos británicos e irlandeses le llamaron la atención por su excesiva fascinación y hasta fanatismo por la exorbitante violencia de sus piezas teatrales, cuya tendencia principista se enmarca dentro de lo que significa golpear descarnadamente sentimientos primarios de un espectador desorientado por buscar una salida a sus propios problemas existenciales. Martín McDonagh prefiere hacer un cine consensuado entre su tendencia teatral natural agregándole una reflexión más elaborada y que su técnica cinematográfica apele a una combinación y complementariedad de posiciones y recursos para innovar un tipo de thriller más tirado al uso del humor negro pero con personajes cultos, moralistas, simpáticos y hasta arrepentidos pero profesionalmente despreciables.
Finalmente, decirles que IN BRUGES es una gran película, imperdible, de aquellas capaces de dejar a los críticos más refinados y ácidos con los ojos en blanco. Quizás no le alcance para estar considerada en los diccionarios de la trivia cinematográfica pero que nos abre la puerta de nuestros recuerdos más preciados, ése que me obliga a calificarlo como un pequeño gran homenaje al mundo diáfano de Stan Laurel y Oliver Hardy, nuestros queridos humoristas de la inmortal serie EL GORDO Y EL FLACO. Ya hemos hablado de su realizador, de su imponente y deslumbrante guión. Se logra una plena articulación de las escenas dotadas de un continuismo prodigioso. No hay por donde perderse porque la historia es limpia. No hay baches ni saltos narrativos, la estructura es complaciente y manejable. Excelente la fotografía –un homenaje clarísimo a la pintura flamenca- y su tipo de iluminación, la dirección artística destaca particularmente al mostrarnos la ciudad de Brujas esplendorosa, medieval y cultural. Las locaciones interiores tienen una magia envolvente. Siempre exponen un concepto de miniatura, de estrechez. Las interpretaciones de Gleeson, Fiennes y Colín Farrell son realmente meritorias. Farrell es un actor que lo considero del montón, pero cuando realmente encuentra el papel y se lo propone logra entregarnos actuaciones convincentes y para el aplauso. Para mí esta supera todas sus anteriores y ha recibido muchos premios importantes merecidamente. Pero si no hubiera tenido al gran Brendan Gleeson y a un actor de la calidad de Ralph Fiennes como soportes, los resultados hubieron sido los mismos. Es una película de género negro, una tragicomedia con ingredientes sarcásticos muy adecuados que combinan diálogos justos y profundos. No hay duda que los diálogos son lo mejor de IN BRUGES. A mí me basta y sobra con aquel que mantuvieron por teléfono Gleeson –en Brujas- y Fiennes –en Londres- porque se entreveran tonos de voz, gestos de sorpresa, preguntas inoportunas, respuestas mentirosas y hasta una conversación cultural entretenida. Me gustó la interacción de Farrell con el enanito –brillante actuación- y aquellas escenas donde tanto Gleeson y Farrell demuestran su apego por sus gustos disímiles y dialogan con verdadero sentimiento. Es una propuesta que vale la pena ir a observar, porque tiene muchas escenas interesantes entrelazadas, muchos diálogos graciosos, ridículos y también mensajes sobre la psicología de los sicarios asesinos, esos que nos caen bien pero que pagan su culpa porque tienen códigos y valores. Para terminar, que ganas de pegarse un viajecito por la ciudad de Brujas. ¿Será tan acogedora y cierta la versión que tienen 300 tipos de cerveza? Hasta la próxima.
PEPE DERTEANO
Por un momento, cuando observaba la película, pensaba en Godard, en Truffaut y en esa banda de idealistas improvisados y provocadores de CAHIERS DU CINEMA, que juntos produjeron A ABOUT DE SOUFFLE, esa película esperanzadora a principios de los sesenta donde se echaron por tierra habitualidades, formalismos y linealidades pero que lograron hacer de lo imprevisibilidad del desenlace un aliado absolutamente incondicional. Luego, con el transcurso de los años, sería tan solo un grato recuerdo. También me vino a la mente la maravillosa PULP FICTION de Tarantino y el consabido estribillo del placer de hacer cine solo por hacerlo. Estas dos películas las comparo con IN BRUGES, no solo por el vital atrevimiento cinematográfico de Godard, Tarantino y ahora de Martín McDonagh, tampoco lo hago por lo que significa un acercamiento a la mezcla de géneros negros tragicómicos, sino porque tienen en común lo que resulta adictivo en un cinéfilo, el entretenimiento, el asombro, la repugnancia, el entusiasmo, el sobresalto, la carcajada, el escándalo y hasta la sonrisa cómplice. Obviamente IN BRUGES no es del todo perfecta, como no lo fue PULP FICTION. Si además de todo lo expresado, las imágenes emocionaran con un dramatismo desgarrador e hicieran funcionar las neuronas siquiera un poco para deshacer laberintos y entresijos, probablemente la experiencia sería inconmensurablemente excepcional. Pero no es así, es improbable, imposible pedir todo a la vez. IN BRUGES es solo una película negrísima cuya intencionalidad impuesta con rigor por el intrépido McDonagh es indiscutible, porque el realizador no es presuntuoso y en ningún momento da la sensación de querer mucho más que demostrar su propia técnica depurada que elabora con diálogos brillosos. McDonagh es consecuente con lo que plantea y logra, Una minucia que siempre resulta atractiva en un cine donde se abusa con frecuencia de convenciones habituales y las dosis innovadoras no suelen constituirse en precisas y encomiables.
Considero importante mencionar algunas características de su realizador y guionista. Martín McDonagh es un dramaturgo anglo-irlandés de 39 años, reconocido y asentido por sus puestas teatrales de desatinado salvajismo. Su obsesión siempre abarcó la representación genuina de una vertiente inmoderada del teatro vandálico concentrado en una bestialidad imparable donde dota al aspecto violento de una adictiva sensación de naturalidad que logra enamorar al espectador y que tuvo como precursor el sangriento género teatral del “grand guignol”. Este género, comenzó en Francia a finales del siglo diecinueve y aún se mantiene en actividad aunque ya sin la calidad intelectual que le atribuyeron algunos literatos. Se ha definido como un teatro de sentimientos y de situaciones extremas que utiliza el terror intenso en reemplazo del relato situacional e ideas novedosas. Agota a sus actores, complace a su público. McDonagh escribió y llevo a escena su ópera prima teatral titulada LA REINA DE BELLEZA DE LEENANE, a quien el público le rindió inusitado tributo. Es un texto duro, negrísimo, brumoso, sarcástico, iracundo y ácido. Una obra de una particular mezcla de emotiva dureza y deslumbrante ferocidad ambientada en Irlanda. Luego estrena EL TENIENTE DE INISHMORE que refiere la historia de un terrorista expulsado del IRA por su iracunda brutalidad y que se traslada a su pueblo a vengarse contra quienes han asesinado a su pequeño gato. Sin embargo, su obra de mayor repercusión hasta la fecha se titula EL HOMBRE ALMOHADA –que se trajo al Perú en abril del 2006 y se puso en escena bajo la dirección de Juan Carlos Fisher en el teatro La Plaza ISIL con gran éxito- y lleva a nuevos e inesperados extremos su concepción del teatro de la crueldad y la aberración. La obra trata de un escritor detenido por la policía en una dictadura debido a que sus relatos se relacionaban con asesinatos de niños y adolescentes. Desprovistos de pruebas irrevocables, sus interrogadores pretenden ejecutarlo extrajudicialmente. La puesta en escena sorprende por los atroces maltratos y asesinatos que son inflingidos en plena representación a niños y adolescentes. Posteriormente, en el año 2005 probó suerte en el cine con el cortometraje SIX SHOOTER -una comedia irlandesa de 185,000 euros, negrísima, rotunda y sangrienta de 27 minutos, con las notables actuaciones de Brendan Gleeson y Rúaidhrí Conroy como interpretes principales. Ganó nada menos que el Oscar por Live Action Short Film –mejor cortometraje- en el 2006. El corto trata sobre cuatro personas que se unen en un tren camino a Dublín con algo en común, todos sufren la perdida de un ser querido pero todos lo expresan de la misma forma. Donelly -Brendan Gleeson- lidia con el dolor de haber perdido su mujer la noche anterior de una forma tranquila. Una pareja que se ve totalmente desilusionada y la tensión se apoderan de ellos. Un muchacho -Rúaidhrí Conroy- al frente de Donelly, es el acompañante de viaje. La frescura del corto, como la de todas aquellas propuestas fastuosas, está en el comedido guión y en la presentación de diálogos rápidos y geniales que se imponen gracias a la genialidad de Martín McDonagh. Conroy se roba totalmente la presencia en pantalla y solo el cómico, trágico y tétrico final supera el WITTY TALK o la conversación ingeniosa de este increíble personaje. McDonagh logra destacar el sentimiento de pérdida en cuatro personalidades totalmente disímiles y construye un ambiente de suspenso digno del mejor Hitchcock. Pues bien, muchos críticos británicos e irlandeses le llamaron la atención por su excesiva fascinación y hasta fanatismo por la exorbitante violencia de sus piezas teatrales, cuya tendencia principista se enmarca dentro de lo que significa golpear descarnadamente sentimientos primarios de un espectador desorientado por buscar una salida a sus propios problemas existenciales. Martín McDonagh prefiere hacer un cine consensuado entre su tendencia teatral natural agregándole una reflexión más elaborada y que su técnica cinematográfica apele a una combinación y complementariedad de posiciones y recursos para innovar un tipo de thriller más tirado al uso del humor negro pero con personajes cultos, moralistas, simpáticos y hasta arrepentidos pero profesionalmente despreciables.
Finalmente, decirles que IN BRUGES es una gran película, imperdible, de aquellas capaces de dejar a los críticos más refinados y ácidos con los ojos en blanco. Quizás no le alcance para estar considerada en los diccionarios de la trivia cinematográfica pero que nos abre la puerta de nuestros recuerdos más preciados, ése que me obliga a calificarlo como un pequeño gran homenaje al mundo diáfano de Stan Laurel y Oliver Hardy, nuestros queridos humoristas de la inmortal serie EL GORDO Y EL FLACO. Ya hemos hablado de su realizador, de su imponente y deslumbrante guión. Se logra una plena articulación de las escenas dotadas de un continuismo prodigioso. No hay por donde perderse porque la historia es limpia. No hay baches ni saltos narrativos, la estructura es complaciente y manejable. Excelente la fotografía –un homenaje clarísimo a la pintura flamenca- y su tipo de iluminación, la dirección artística destaca particularmente al mostrarnos la ciudad de Brujas esplendorosa, medieval y cultural. Las locaciones interiores tienen una magia envolvente. Siempre exponen un concepto de miniatura, de estrechez. Las interpretaciones de Gleeson, Fiennes y Colín Farrell son realmente meritorias. Farrell es un actor que lo considero del montón, pero cuando realmente encuentra el papel y se lo propone logra entregarnos actuaciones convincentes y para el aplauso. Para mí esta supera todas sus anteriores y ha recibido muchos premios importantes merecidamente. Pero si no hubiera tenido al gran Brendan Gleeson y a un actor de la calidad de Ralph Fiennes como soportes, los resultados hubieron sido los mismos. Es una película de género negro, una tragicomedia con ingredientes sarcásticos muy adecuados que combinan diálogos justos y profundos. No hay duda que los diálogos son lo mejor de IN BRUGES. A mí me basta y sobra con aquel que mantuvieron por teléfono Gleeson –en Brujas- y Fiennes –en Londres- porque se entreveran tonos de voz, gestos de sorpresa, preguntas inoportunas, respuestas mentirosas y hasta una conversación cultural entretenida. Me gustó la interacción de Farrell con el enanito –brillante actuación- y aquellas escenas donde tanto Gleeson y Farrell demuestran su apego por sus gustos disímiles y dialogan con verdadero sentimiento. Es una propuesta que vale la pena ir a observar, porque tiene muchas escenas interesantes entrelazadas, muchos diálogos graciosos, ridículos y también mensajes sobre la psicología de los sicarios asesinos, esos que nos caen bien pero que pagan su culpa porque tienen códigos y valores. Para terminar, que ganas de pegarse un viajecito por la ciudad de Brujas. ¿Será tan acogedora y cierta la versión que tienen 300 tipos de cerveza? Hasta la próxima.
PEPE DERTEANO












