domingo, 16 de junio de 2013

“Horizontes de grandeza”, Wyler hace un hieratismo teatral fascinante.

































































Meticuloso y atento, William Wyler fue un cineasta capaz de aplicar su técnica impecable a temas muy diversos. Su fama llegará a su cumbre a principios de 1930 por obras cada vez más ambiciosas junto a Samuel Goldwyn. Después de Ford pienso cada vez más en Wyler como un director completo. Su audacia criteriosa era realmente extraordinaria. Hizo muchas películas fabulosas, pero su obra maestra no será discusión para aquellos que sabemos un poquito de cine : Los mejores años de nuestras vidas de 1946. Un film perfecto y representativo de su talento y de su estilo, aunque también el único film influenciado por su época. Existe una tendencia generalizada sin conocer a cabalidad las verdades entre ciertos críticos y cinéfilos a despreciar las grandes superproducciones de un director en favor de sus primeras películas más sencillas. Dos de los casos más obvios podrían ser David Lean y William Wyler, de los que se solía decir en ciertos sectores que sus mejores obras eran las que hicieron en blanco y negro, y no esas películas espectaculares y supuestamente vacías que luego los hicieron tan famosos. Aunque es una opinión válida como cualquier otra, en muchos casos no deja de tener cierto deje de pedantería, ese instinto que lleva a despreciar los films grandilocuentes, largos, visualmente llamativos y que traen a la mente la faceta más espectacular del cine. Es un error a evitar, y tan equivocado es alabar un film dejándose seducir por su impecable factura visual como despreciarlo por ello. No es excluyente alabar Lawrence de Arabia y La Hija de Ryan al mismo tiempo que Breve Encuentro, del mismo modo que tampoco lo es halagar los dramas que realizó William Wyler en los años 30 al mismo tiempo que una hermosísima película a fines de los cincuenta como Horizontes de Grandeza –de hecho, éste Western tiene un encanto especial si tenemos en cuenta que Wyler empezó su carrera como director dirigiendo Westerns de bajo presupuesto, lo cual hace que sea irónico verlo veinte años después al frente de uno de esta envergadura-. No obstante, si muchos consideran Horizontes de Grandeza como una de sus obras de arte, no es por su espectacular puesta en escena típica de una superproducción de la época -la mítica Ben-Hur, la dirigió justo después de esta película- De entrada hay una faceta de esta obra que ya debería poner de aviso incluso a los cinéfilos más impulsivos sobre el hecho que no se encuentran ante un Western cualquiera. Se trata de una película del Oeste en que el héroe es un hombre que en toda la película jamás se pone un sombrero de vaquero ni dispara un solo tiro a un similar. No sólo eso sino que también es un hombre que en vez de luchar por conseguir el corazón de su amada, sencillamente evita llevar a cabo los actos varoniles que ella le exige, aun cuando él es capaz de llevarlos a cabo. Hay más, no solo se trata de un Western pacifista sino que los dos únicos duelos que hay no tienen para nada las características de los clásicos duelos del legendario Oeste: uno es un duelo a la antigua usanza con pistolas de un solo disparo, el otro es filmado desde un plano general aéreo que no permite distinguir los detalles de lo que sucede. Definitivamente, Horizontes de Grandeza es un Western distinto. Ese peculiar protagonista es James McKay, un capitán de barco retirado que se ha comprometido con Patricia Terrill, la única hija de un poderoso ranchero del Oeste. Cuando llega a esas tierras, la presencia del caballeroso McKay chocará con la conducta de los vaqueros de la zona provocando que sea objeto de algunas burlas, especialmente por parte de Steve Leech, el duro capataz del rancho. Al llegar al Rancho Terrill descubre que hay una encarnizada pelea entre dos familias: los Terrill y los Hannassey. El padre de Patricia, Henry, vive en una elegante mansión y tiene una vida acomodada, mientras que el clan de los Hannassey vive más modestamente en un pequeño poblado escondido en un cañón, y cuenta con varios hijos mal educados y con tendencia a emborracharse y meterse en líos, de los cuales el más problemático es Buck. El último personaje a destacar en mitad de todo este entramado es la maestra soltera Julie Maragon, quien posee unas tierras heredadas de su familia que ambicionan tanto los Terrill como los Hannassey por tener un río al que ambos clanes necesitan acudir para dar de beber a su ganado. Como se deduce por el argumento, la película juega con dos ideas: por un lado el clásico y absurdo enfrentamiento entre familias, y por otro el concepto de caballerosidad de James McKay que choca con las normas del viejo Oeste, que es la que supone ser la más interesante. Gregory Peck da vida a este clásico hombre honrado y educado que se rige por sus principios sin importar lo que piense al resto, es decir es un personaje hecho prácticamente a su medida. Lo interesante de McKay es que se enfrenta directamente a algunos principios del héroe del Western. Tradicionalmente es un género basado en protagonistas que no dejan que nunca se cuestione su hombría, y que prueban constantemente su valentía y dureza. McKay, muy por el contrario, evita probar que posee esas características, de hecho cuando se le pone en duda en algún aspecto similar prefiere ponerse a prueba a sí mismo antes que demostrar su valía públicamente: cuando lo retan a montar un caballo indomable, se niega, y luego por su cuenta práctica hasta dominarlo; cuando Steve le llama cobarde, McKay se retira evitando la pelea pero luego durante la noche lo busca, lo despierta y lo reta a a una pelea a solas. Este es el punto de conflicto entre McKay y su prometida: ella desea un marido que se comporte como un auténtico vaquero, demostrando continuamente su hombría y su fuerza, mientras que a él le da igual lo que opinen de él, lo que le importa es lo que se demuestra a sí mismo basado en valores incuestionables. Cuando los Hannassey secuestran a Julie, McKay demostrará su auténtica valentía al ir a rescatarla sin ninguna arma y acompañado solo de un inofensivo criado mexicano. Pese a que el resto de vaqueros lo miren despectivamente, demuestra tener más agallas que el resto, lo que le hace ganar el favor del cabeza de familia de los Hannassey, Rufus, quien al inicio del film –en una suntuosa reunión- echó en cara a Henry Terrill que pese a su aristocrática vida, él sabía que no era verdaderamente un caballero. Pese a su dureza, Rufus respeta instantáneamente a McKay por reconocer en él a un auténtico caballero, y por ello en el duelo que tiene lugar entre McKay y su hijo Buck se pone al descubierto cómo es cada uno en realidad: Buck encara al vaquero temerario por excelencia que no teme a nada, mientras que el tranquilo McKay parece un hombre dado a la palabra para evitar un enfrentamiento físicos. En lo que respecta al enfrentamiento entre clanes, se trata de un argumento de sobras conocido por el cinéfilo que aquí tiene como aspecto reseñable el hecho de que el guión evite caer en ciertos temas comunes. Ninguno de los dos cabezas de familia es mostrado más favorablemente que el otro ni se cae en maniqueísmos, sino que son dos personajes perfectamente construidos con vida propia. Incluso es muy probable que el espectador se decante antes por el mucho menos respetable Rufus Hannassey que por Henry Terrill. La aparición de Hannassey en la fiesta de sociedad de Terrill echándole en cara que tras esa vida elegante comete actos repugnantes es una magnífica presentación del personaje. Del mismo modo, esa doble faceta entre villano que planifica el secuestro de Julie y hombre que respeta profundamente las convenciones de caballeros lo hacen especialmente atractivo. La escena final del rescate de Julie está llena de suspense, pero curiosamente creo que el momento de mayor tensión tiene lugar antes que empiecen los duelos físicos, en la negociación verbal de McKay con los Hannassey, estando Julie obligada a hacer creer que no está retenida por miedo a que maten a McKay. El hecho de que Wyler concentre más tensión en ese enfrentamiento verbal que en los tiroteos que hay posteriormente, nos da una idea clara de las intenciones del cineasta hacia dónde le interesaba llevar su guión, y es uno de esos aspectos que hace que este sea un Western muy especial. A todo este contenido cabe añadirle que el film se beneficia de todas las ventajas de una superproducción que, por mucho que quede mal decirlo, es en manos de profesionales que dan pie a excepcionales escenas. El magnífico William Wyler consigue el término medio perfecto entre aprovechar la espectacularidad de los paisajes en que rueda la película con esos planos al atardecer y de los campos vírgenes y, al mismo tiempo, exprimir la profundidad psicológica de los personajes. La escena final es un claro ejemplo de ello, pasando del enfrentamiento en el cañón al conflicto más bien verbal entre McKay y los Hannassey. Pero también se nota en detalles más pequeños, como algunos silencios muy bien escogidos en algunas escenas entre personajes, por ejemplo en el encuentro amistoso entre Julie y McKay en las tierras de ésta. Por otro lado, Wyler ha sido un director que siempre ha sabido trabajar especialmente bien con grandes actores, y aquí contó con un reparto envidiable: aparte de Gregory Peck, que es siempre un valor seguro, tenía a Charlton Heston en un excelente papel secundario como Steve, uno de los personajes más misteriosos y ambiguos del film; Jean Simmons en el papel de Julie y un Burl Ives notable como patriarca de los Hannassey, quien ganara un Oscar secundario por esta actuación. La banda sonora de Jerome Moross es preciosa, adecuada para una película del viejo Oeste, pero agradable de escuchar en cualquier otro momento. Los demás aspectos técnicos muy buenos para la época. Quizás de los mejores Westerns junto a los de John Ford. Imprescindible de observarla a pesar de sus 160 minutos.